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08/05/2009
Gay Cinema: '300'
Imagen de complemento

Si la memoria no me falla, que la edad ya empieza a descubrir su peor cara, en los recuerdos y entre las piernas, Antonio Gala contó en su momento una anécdota de las que se cifran y quedan como argumentos cojonudos para defender ante el tarugo que se tercie, que lo de follar entre tíos no es un vicio con el que nos infectamos durante el siglo XX. Cuando en su día Gala hizo la mili, porque hubo un largo tiempo en que en España, o hacías la mili o ibas a la cárcel, o por último, elegías hacer un servicio social en el que perdías aún más tiempo que cargando el cetme al hombro mientras soportabas las 20 vueltas al patio con el bamboleo nalguero del recluta precedente, lo llevaron a un tribunal o así, o quizás fue simplemente al despacho del sargento chusquero a censurarle sus maneras delicadas al usar los cubiertos en el comedor de tropa.

Ante las lecciones de moral del pecho lobo engalonado al hombro, Don Antonio, imagino que con su parsimonia imperturbable, y usando un vocabulario capaz de desarmar cualquier otro, tuvo la paciencia y la elocuencia necesarias, para explicarle a quien quisiera escuchar que machos en los ejércitos con hambre de machos los hubieron siempre, antes incluso de que los romanos enviasen por años a las legiones a sofocar conspiraciones bárbaras. Por aquel entonces, los fornidos embajadores romanos de felpudo equino en la cabeza y sandalias, sofocaban su necesidad de amor haciendo de su compañero de tienda, ideal receptor de sus encantos leferos, después de haberse liado a sus cipotes latinos las ya por entonces socorridas, para estas labores, vejigas de cabra o tripas de cerdo. De este modo, las tropas no sólo descargaban los ardores del campo de batalla, sino algo mucho más importante, elegían amantes regulares a los que eran fieles y a quienes protegían en el campo de batalla del mismo modo que estos les protegían a ellos. El ‘Don’t ask, don’t tell‘, les habría parecido a estos, el más estúpido de los argumentos. Bien por los romanos.

Esta costumbre, sin embargo no fue una novedad surgida entre los hijos de Rómulo y Remo. Otros ejércitos defensores de anteriores imperios siguieron reglas similares. Grecia, por si hacía falta decirlo, no fue una excepción, aunque estuviésemos hablando de 300 machazos espartanos haciéndoselas pasar putas al enemigo. Claro que tanta explicitud no la vimos en ‘300.’



‘300‘ fue antes que destripataquillas producción hollywoodiense en manos del visionario y muy trincable Zach Snyder, un novela gráfica comandada por el renovador sumo sacerdote del comic, Frank Miller. Este a su vez, se inspiró en la historia real de, presuntamente, 300 soldados espartanos encabezados por Leonidas I, que ayudados por otros cientos de tespianos y tebanos, allá por Agosto o Septiembre del año 480 antes de Cristo, hicieron frente a un ejército compuesto por cientos de miles de soldados persas que comandados por el emperador Xerxes I, pretendían invadir Grecia. Durante tres días de guerra, el pequeño grupo de griegos estuvo a punto de derrotar a los persas, hasta que al final, las circunstancias se dieron la vuelta. Leonidas fue tan consciente de ello que antes de su último enfrentamiento con el enemigo, le dijo a sus hombres esa misma mañana: ‘Tomad un buen desayuno, puesto que hoy cenaremos en el Hades.’

Pechos descubiertos, abdominales recios, y pantorrillas lustrosas, se pasearon por la pantalla cual traca exhibicionista de calendario de bomberos, esos que son muchísimo más populares entre la muchachada gay que entre hembras heteros hechas brasas por el fuego uterino. En estos tiempos en que ser gay es cool en escenarios de Broadway y la pantalla chica pero que, como siempre, es de lo más impopular entre los ejecutivos que necesitan créditos conservadores para dar lustre a sus películas destinadas a la pantalla grande, volvieron a no hacer explícito el hecho gay en ‘300‘, salvo por un glamouroso beso lésbico que habría hecho las delicias de un extremo David Hamilton, pero los creadores, listos como un universitario chino, calzaron homoerotismo a rabiar, rodeando a un Xerxes lanzadísimo a sostener su corona como perversa reinona persa, ‘No es mi látigo lo que temen mis hombres‘, dice el Emperador calvo cargado de pedrería mientras babea las espaldas del muy activo Leonidas, que le hace cabrear de veras, ante el rechazo del barbudo semental a hincarse de rodillas ante él, literalmente: